Distrito recorre las calles, las tiendas, los bares, los locutorios y los espacios de encuentro donde, durante años, los inmigrantes ecuatorianos tejieron su vida cotidiana lejos de su tierra. El título de la serie procede de un vasto recinto abandonado a las afueras de San Javier —bautizado en su día como «Distrito» y pensado como alternativa de ocio nocturno— que la comunidad ecuatoriana hizo suyo tras su cierre y posterior abandono. Allí, los fines de semana, se enfrentaban equipos de fútbol y vóley perfectamente uniformados en unas canchas cuidadosamente trazadas y adecentadas. Sonaba la música, se departía en un chiringuito precario y se estrechaban lazos mientras se añoraba la tierra dejada atrás. Sobre el edificio principal ondeaba una pequeña bandera tricolor que rebautizaba el lugar como «Amistad sin fronteras». Era el gesto simbólico de quienes expresaban, a un tiempo, la realidad de su marginación y el deseo de su integración. Todavía hoy el recinto sigue vivo y los fines de semana puede verse la presencia de inmigrantes que encuentran en ese modesto territorio —tan desvalido como años atrás— un motivo de reunión para generar comunidad y arraigo.
Lejos del reportaje de urgencia, Vivancos eligió fotografiar el lugar vacío. Acudía los lunes por la mañana, cuando la fiesta había terminado y los inmigrantes habían vuelto a sus trabajos, para retratar el escenario desierto: la nevera oxidada del chiringuito, las sillas dispuestas para una conversación ya concluida, el rescoldo apagado de una hoguera. Como el detective que examina la escena en busca de indicios, el fotógrafo rastreaba en esos objetos la memoria de lo sucedido. El resultado es una obra fotográfica formalmente sobria en la que la ausencia de figuras humanas se convierte en su afirmación más elocuente: hacer visible la invisibilidad a la que la sociedad condena a los inmigrantes, aun sabiendo que «están ahí».
Dos décadas después, aquellas imágenes han adquirido una dimensión que su autor no pudo prever del todo. La crisis de 2008 desencadenó el retorno de muchos ecuatorianos a su país, y la presencia de la comunidad se ha ido adelgazando con los años. Lo que se concibió como un documento del presente es hoy un archivo de la memoria: el registro de un tiempo, unos espacios y unas formas de estar juntos que en buena parte han ido desapareciendo y sustituidas por otras. En el momento actual, Distrito nos ofrece un diálogo con el espíritu de La Mar de Músicas 2026 y su invitación a los sonidos ecuatorianos como parte de nuestro tejido cultural y social.